A la familia de mi mamá sólo me anclaban dos personas, ella misma y su hermano mayor. Por circunstancias ajenas a mi decisión, a partir de los 5 o 6 años de edad dejé de tener contacto con ese lado familiar. Creo que si cuento las veces que he visto a algún miembro de esa familia en estos 40 años, difícilmente ocuparía ambas manos. La excepción, más o menos, era mi tío. Después de que mi madre y él arreglaron sus diferencias medianamente, de una u otra manera se mantuvo presente en nuestras vidas. No era una presencia constante, después de una invitación a su casa cuando estudiaba la prepa, la comunicación fue más bien a larga distancia: algún correo de vez en cuando, alguna llamada cada dos o tres semanas (sobre todo para hablar con mi mamá), algún obsequio enviado por correo, siempre procurando atender los intereses de los que le hablaba mi mamá o que, de vez en cuando, yo le contaba: revistas de fotografía, botes para revelar rollos, discos con música clásica, algún libro y un donativo para que pudiera hacer un viaje a conocer a mi autor favorito... Además, fuera de mi padre y de mí, creo que fue la única persona que se hizo presente cada maldita vez que mi mamá estuvo hospitalizada, incluidas las más frecuentes en sus últimos años de vida, y a pesar de él mismo lidiar con problemas en ocasiones más o menos fuertes de salud. Sin embargo, no asistió a su funeral. En el momento me sorprendió, pero jamás me generó molestia o enojo. Hablé con él, por su puesto, y supongo que bastó para entenderlo aquello que me haya dicho y que en este momento no recuerdo. Después de eso, fue la única persona de ese lado familiar que se mantuvo en contacto, como antes, a distancia y de forma esporádica, cada vez más dilatada, una llamada cada tantos meses, primero, un mensaje por whatsapp, después. Alguna ocasión hablamos sobre la posibilidad de vernos, como quien comenta ese plan que sería maravilloso si la casualidad así lo permite, si un día coincidimos en el mismo espacio, así nomás, sin provocarlo, sin la firme intención de llevarlo a cabo. Hasta que un día los mensajes cesaron y su foto de perfil en whatsapp desapareció. De eso tiene ya tres años. No quiero tomar el teléfono para llamar a algún desconocido y confirmar lo que supongo. No necesito reafirmar la certeza de que en esa familia no existo y por lo mismo me quitaron el derecho a despedirlo. Tampoco lo necesito, él mismo me mostró que no se necesita despedir un cuerpo para honrar a la persona que ahí habitaba.
Todo esto lo escribo porque en los últimos días me ha venido a la memoria de nuevo fuertemente la historia familiar, de la que esto que escribo es apenas una arista, una mínima fracción. El fin de semana, luego de años, fui a sacar de casa de mi padre mucho de lo que quedaba de la ropa de mi mamá. Cuando falleció, años atrás, me había dicho que no participaría de ello, porque juzgaba, bien o mal, que era una labor que le tocaba a mi papá, pues desde mi punto de vista jamás confrontó de manera directa mucho de lo relacionado con la muerte de mamá. Vaya soberbia la mía. Pero hace un par de semanas que me llamó para pedirme ayuda, simplemente le dije que sí. No sé cuánto dure el duelo ni cuál sea la mejor manera de lidiar con él, o mejor dicho, de vivir con él. En nuestro caso no fue tirar todo aquello que fuera evidencia de la presencia que se fue, como he sabido de varios casos en los que en menos de una semana la familia se deshace de la ropa y otras pertenencias. Acá primero discutimos entre tirar la ropa (opción de mi padre) o donarla (opción mía), y probablemente se nos pasó de más el tiempo. Pero el fin de semana esa diferencia pareció no existir. Una a una fui abriendo esas bolsas y separé aquello que permaneció en buen estado para donarlo, mientras que el resto se desechó. Un punto impactante fue percibir el perfume de mi mamá casi intacto en varias de sus prendas. El tiempo no deterioró de más el aroma ni lo desvaneció. Después de eso pasé un rato más en casa de mi padre y luego me fui a buscar comida a un centro comercial, necesitaba ruido, gente y algún alivio a través del gusto. Por la noche y desde entonces, cada tanto pongo esta canción, que por alguna razón creo que viene bien con el ánimo de todo este asunto con la familia de mi mamá y esos anclajes que físicamente ya no están.