viernes, 19 de agosto de 2011

The sun even shines...

En las últimas semanas algunos eventos me han hecho recordar una frase que aprendí muchos años atrás. El primero ocurrió hace varias semanas, cuando tuve la oportunidad de escuchar y quizá conocer a una de las personas que más he admirado en mi vida, pero la posibilidad de una plática entre similares me pareció más atractiva. No fui a ver a David Byrne, no conseguí su firma en uno de mis discos de Talking Heads ni en su nuevo libro, pero comprendí la fortuna de encontrarse, de vez en cuando, con alguna persona con la que se empata en gustos y personalidad. Tengo pocos amigos. Siempre han sido pocos, pero en los últimos años el número se ha reducido aún más, deliberadamente. No obstante, esos pocos valen más que suficiente para soportar el peso de los días (aun cuando pase mucho tiempo sin contacto o las llamadas se reduzcan a hechos accidentales). Esto lo recordé ayer, después de escuchar a Y por segunda o tercera vez en el año, durante pocos segundos, y tras llamar a MA para preguntar por mis hijos. Minutos antes un joven nos regaló a Mariana y a mí unos boletos para una función de cine, y quizá una hora antes, justo a punto de comprar un libro de relatos de Carver, se nos puso enfrente, de forma accidental, un tomo con su obra reunida. Ayer fue un día bueno, extraño, con altibajos, pero bueno (¿acaso no lo son todos por el simple hecho de vivir?). Volví a pensar en la suerte, esa señorita extraña que a veces nos toca de buen humor y otras tantas de pésimo ánimo. Durante la proyección de la película (por demás palomera, pero que me recordó, con gracia, a mi jefe), reclinado en el asiento VIP, y a lo largo de la noche, recordé nuevamente esa frase de años atrás, aquella que escuché en la voz de Sidney Deane, un personaje de la película White men can't jump (una de mis predilectas): "The sun even shines on a dog's ass some days", y desde entonces se me colgó una sonrisa que espero tarde unos minutos u horas más en desaparecer... 



viernes, 12 de agosto de 2011

¿Por qué a veces, casi siempre, nos negamos a aceptar los fracasos? No lo sé. Supongo que duele darse cuenta de que a veces nuestro esfuerzo, por mucho que sea, no resulta suficiente. Entonces uno aprende a vivir con esa derrota, lo que no significa necesariamente aprender a perder, simplemente a vivir con el estado de algunas cosas, aunque no nos guste. Luego se presenta una situación similar, y uno se resiste, quizá por miedo a acostumbrarse a la derrota. Pero tal vez sea mejor eso que seguir intentando. Cargar a cuestas con una sola verdad, aunque sea dolorosa, que seguir arrastrando un sinnúmero de días que pierden su significado. O tal vez buscar la pérdida por sí misma, que quizá es únicamente aceptar el estado de las cosas en este mundo jodido, en esta vida tan hija de puta donde por mucho que lo intentemos aún nos resulte difícil abrazarnos solos y acabarnos.

miércoles, 10 de agosto de 2011

martes, 26 de julio de 2011

En los últimos días he recordado a un par de personas que fueron muy importantes hace algunos años. Siguen vivos, aunque casi hemos muerto: yo para ellos y ellos para mí. Con una de esas personas alguna vez platiqué acerca de la manera en que nos gustaría que nuestros seres queridos tomaran el momento en que llegara nuestra muerte, si es que llegaba antes de lo esperado. Recuerdo haberle dicho que en cualquier caso lo que más me gustaría sería una despedida con música; a continuación le enumeré algunas de las canciones más valiosas de mi soundtrack de vida hasta ese entonces, unas de las cuales he compartido aquí. Evocando esa charla he llegado a pensar que quizá mi deseo sería recordar todas esas canciones en ese segundo antes de morir que dicen que dura mucho tiempo, tanto que ves tu vida pasar frente a ti (si así ocurre, ¿quién nos asegura que este momento es real y no un recuerdo?). Dentro de muchos muchos años, cuando llegue el único día que con certeza llegará, quizá la última canción que me gustaría recordar es esta bella melodía de Depeche Mode.