viernes, 26 de octubre de 2012

Desasosiego

Hasta a fecha tengo varias cosas inconclusas. Los motivos: desidia, flojera, crisis anímicas, problemas familiares, depresiones, cambios de rutina, cambios de vida, cambios de espacio, lo que se dice mudanzas, en el espectro más amplio de significados que esta palabra puede tener. Sí, y desde hace unas semanas me rondan los fantasmas, pero la realidad sólida de otras cosas que quedan por hacer y por solucionar, cosas más cercanas y coyunturalmente de mayor importancia, se impone tarde tras tarde. Sin embargo, hoy eché una vista a mi pasado académico, por algo que quiero realizar a corto plazo, y el mensaje fina lo miré con desasosiego.


No sé cuando, yo también espero que sea pronto...

martes, 17 de julio de 2012

Día duro

A veces uno siente que el mundo se le viene encima. A veces, de verdad, uno siente el peso del mundo sobre los hombros. O que todo se viene abajo. Hoy me ha pasado. Y a punto estaba de permitirme, al menos por este día o siquiera por unas cuantas horas, darme por vencido. Debilitado me siento, sin mucho ánimo para nada, ni para quejarme ni para escribir con corrección. Sin embargo, cuando me disponía a escribir algo más parecido a un epitafio o una despedida que a una explicación, recordé esta canción. Vaya que es de esas que me ayudan a resistir. Vaya que me hace falta ir a un concierto de Delgadillo nomás para ver qué tanto a cambiado. Vaya que al menos por hoy dejaré de pensar en los más altos campanarios y no miraré con cariño las navajas...

viernes, 13 de julio de 2012

Continuar

Hace dos días me deshice de una buena cantidad de dinero, cerca del 20 por ciento del total de mi salario anual, a fin de recortar el adeudo que he juntado con el banco. Los motivos que han incrementado la deuda han sido varios, y no vale mucho la pena hablar de ellos porque el punto, la realidad concreta, es que debo ese dinero. Por otra parte, hablar de ese casi 20 por ciento de mi salario anual tampoco implica únicamente hablar de dinero, porque detrás de eso hay horas de trabajo y de soportar diversas frustraciones o situaciones adversas, algunas de las cuales ya he detallado en este espacio con anterioridad. Pues bien, un año más de trabajo y un año más en que mi fondo de ahorro se va tal y como llega. Sin embargo, a diferencia de otras veces, hoy me siento feliz. Reduje a la mitad mi adeudo. No me engaño, aún queda un cacho enorme por saldar al puñetero banco. Pero ya es menos y después de eso no tendré una presión más que agregar al cúmulo de imponderables que me joden de vez en cuando, cada vez menos, algunos días de mi feliz existencia. Hoy me siento un poquito más cerca de ese espacio donde no deberé nada a nada ni a nadie, y eso es motivo de festejo, o por lo menos de alegría. Por eso, hoy me regalo dos canciones, que ya he compartido aquí. Se repiten, lo siento, pero lo mismo ocurre con algunas de las frases que aparecen en este texto y antes han habitado otros textos de esta bitácora. Continúo con la idea que he venido desarrollando desde hace unas semanas: trabajar para mí, buscar la felicidad para mí y no pretender alcanzar sólo una parte de lo que deseo, sino la otra mitad también. Y se siente muy bien. Es probable, casi seguro, que en el camino surjan nuevos baches y despedidas, pero he sobrevivido a cosas duras y es poco lo que me puede robar la calma. Quizá suena mamón y egoísta, y quizá lo sea, pero no puedo ponerlo en otros términos. Me queda el consuelo de saber que mi felicidad no depende de la ausencia de la felicidad en otras personas y de imaginar que a la par de realizar mi búsqueda las personas que estimo también hallarán un pedazo de felicidad, aquella que pueda facilitarles su relación conmigo. De hecho, este texto y estas rolas las comparto en especial para mis amigos, particularmente para los que siguen estando (ellos saben quiénes son...).

Quizá estas canciones definen con mayor claridad mi estado de ánimo, o así lo creo.



viernes, 8 de junio de 2012

Ambas cosas

Hoy leí y recordé la historia de Parménides García Saldaña, quien no era muy apreciado por su familia y sin embargo recibió de sus padres un pequeño cuarto de azotea en Polanco, donde se dedicó a escribir y a morir. Yo quisiera que mis padres tuvieran la oportunidad de darme al menos ese cuarto de azotea, donde no hubiera nada más que una cama y una mesa, pero al menos me significaría salirme de esa espiral hacia el abismo sin fondo que significa para mí el pago de una renta. Puede haber personas, incluso amigos, que hoy día no viven con sus padres y pagan una renta y piensan que mi caracterización es melodramática e hiperbólica, pero sé de antemano que para quienes no han vivido toda su vida en lugares rentados les será imposible comprender que diga que el pago de alquiler es una espiral hacia el abismo sin fondo.

En fin, la digresión es porque en ocasiones, muchas, cuando nuestros medios económicos de supervivencia se trastocan, tenemos que elegir entre una cosa u otra cosa. En estos días, por ejemplo, con el auto enfermo, tenemos que anteponer a su tratamiento la renta, el gas, algunos servicios, comida y los pagos a meses sin intereses en los que una y otra absurda vez hemos caído. Lo anterior ha forzado la ejecución de una rutina añejamente acordada: levantarnos más temprano y volver a dar vida a nuestras piernas para llegar al trabajo, lo que de paso ha contribuido a que tengamos un espacio nuevo, así sea un intervalo de tan solo media hora, de casa a la oficina, para que Mariana y yo platiquemos.

También, he de decirlo, y aquí uno de los motivos de este texto, caminar las mañanas frías y húmedas me ha recordado sucesos y lugares de mi infancia: mirar la enredadera en la fachada de una casa me transporta a contemplar las enredaderas de las casas contiguas a la primera escuela a la que asistí; el vaho que mana de la carretera y se pierde a los pocos centímetros de comenzar a flotar me recuerda algunas mañanas en que había que esperar que se calentara el auto para iniciar la carrera hacia la escuela, y la manera en que el cofre y el parabrisas se iban llenando de pequeñas gotas de agua; y los niños con mochilas y loncheras me han transportado a la ilusión que tenía cada jornada al ir a la escuela para jugar y para aprender, porque en ese entonces, de niño, creo que no me interesaba ni me preocupaba mucho más.

Hoy además recordé la curiosidad que sentía unos días antes de cada nuevo curso, cuando me preguntaba cómo serían mis nuevos compañeros o cuáles de mis amigos del año anterior continuarían en el grupo, si la niña que tanto me gustaba coincidiría conmigo en un salón de clases o si entre los nuevos alumnos estaría un futuro buen amigo u otra niña que me encandilara.

Sobra decir que la mayor parte de mis pensamientos son evocaciones de un mundo que abandoné hace mucho tiempo, pero quizá vuelven a mí estas memorias porque las necesito para respirar. También me imagino que en el caso particular de la curiosidad antes de cada nuevo curso la evocación me ha llegado porque necesito uno o varios cambios, porque quiero vivir otra vez esa sensación de ser el nuevo —que casi siempre fui yo— y tener la expectativa de que quizá en un espacio diferente, inédito, encontraré felicidad y verdadera realización.

Parménides García Saldaña dijo que escribía todos los días porque de lo contrario se hubiera muerto, y escribiendo y viviendo como quiso encontró su deceso. Yo puedo decir que evoco algo de mi pasado todos los días para recordarme que he vivido y que no siempre todo fue predominantemente triste, porque de lo contrario ya me hubiera encontrado la muerte en cualquier forma solitaria. No escribo todos los días, pero sí que pienso y repienso aquello que después toma forma en un papel o en la pantalla de mi compu, y me cuesta trabajo, mucho por la falta de práctica, pero no hay más que sobrevivir y esta es mi manera de hacerlo.

También, como un elemento nuevo, quiero ambas cosas, es decir, quiero dejar de elegir entre uno y otro bien o lujo o servicio o necesidad. Quiero ambas cosas: felicidad y calma, seguridad y expectativas, escribir y mirar, leer y conversar, amor y amistad, jugar y huevonear con mis perros, obligaciones y gozos, sobre todo gozos, y la única manera de conseguir lo que quiero que me ha resultado hasta ahora es simple y llanamente hacer lo necesario, a pesar de todo y de todos. Entonces, tomando un ejemplo de mi infancia, como Marty Mcfly, digamos, pues, la única posibilidad de sobrevivir es cambiar el futuro, para dispersar esa nebulosa que de alguna manera por desidia e indolencia trazamos y nos ha alcanzado. Así será, ya está siendo... Carpe diem.