Un día sin proyectarlo uno puede levantarse con el ánimo diferente a las jornadas anteriores. Hoy sin saber por qué recordé las cosas que me hacen resistir los malos tiempos, las malas caras, la mala leche, la mala yerba: recuerdos, imágenes, rostros y promesas; también palabras, de otros y propias, y uno que otro poema para terminar de ajustar el golpe.
Ítaca, de Kavafis
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.
jueves, 9 de marzo de 2017
jueves, 12 de enero de 2017
En los últimos días me he dado cuenta de que he comenzado a
escuchar la música de manera diferente. Se lo debo a mi madre, no me cabe duda.
Canciones que he repetido un sinnúmero de ocasiones, en diversos aparatos,
lugares y tiempos, hoy me muestran detalles antes imperceptibles a mis
sentidos.
“Comienzas a escuchar”, le dice el personaje de Wesley
Snipes al de Woody Harrelson en White men can’t jump, una película que nada
tiene que ver con esto y sin embargo se ha deslizado de mi memoria en una
sincronización llena de armonía, porque la sensación de felicidad que me da esa
película es parecida a la que siento ahora al reconocer sonidos que antes me
eran vedados por no se qué razón.
El fin de semana visité a Iván. Sus hijos hacen más evidente
el paso del tiempo en nosotros. Pusimos un par de LP que me obsequió a pesar de
que el acuerdo previo sólo incluía la compra en representación mía y el
posterior pago... A estas alturas creo que ya no nos debatimos las
amabilidades, tercos los dos, amigos al fin y al cabo.
Luego de esos discos con bandas de rock mexicanas cuya fama
fue mínima o inexistente, vinieron otros. La plática era amena y la música sólo
la acompañaba muy al fondo. Así que cuando terminó de sonar algún disco, con
toda calma y discreción Iván colocó el Música de contrabando, que también sonó
completo. Ya algún día se lo pediré prestado, ese disco es una verdadera joya.
Al lunes, al llegar a casa, puse en el reproductor “Sin
aliento”, y pude percibir lo que comentaba al inicio: escuché la canción con
elementos que nunca antes había percibido. Siguieron otras canciones de Danza
Invisible, y después Cerati con su maravillosa guitarra. Quizás, a pesar de
gustarme tanto la música, apenas comienzo a escuchar.
También en días recientes, de forma paralela a la música, he
vuelto a leer las cosas que escribí aquí... En los últimos dos o tres años he
tenido muy abandonado este espacio que muchas veces me ha funcionado mejor que
un terapeuta. No me pienso hacer el propósito de volver a llenarlo de letras.
Cosas que decir tengo muchas acumuladas, pero lo cierto es que el ánimo no me
ha dado para hacerlo, y sin impulso nada sale.
Sin embargo, con la relectura de mis viejos textos
noto dos cosas: mi manera de mostrarme y hacerme evidente era notoria, pero no
me autocensuro. También he podido redescubrir aspectos que dormí con anestesia
de miedo o de prevención o de corazón roto, pero leerlos me hace darme cuenta
de que puede haber algo que valga la pena que escriba. Ya veremos...
lunes, 9 de mayo de 2016
Tú y el rock and roll serán mis amigos
Ayer compré la “remasterización” del disco Tecnopal, de Víctimas del Doctor Cerebro. La verdad el sonido no difiere mucho del que recuerdo que salía del LP; es decir, la calidad de sonido no es la mejor. Pero eso no importa.
Importa la música. Importa recordar que los 36 minutos que duran las 10 canciones de ese disco eran los mejores de mi día entre los 13 y los 15 años, porque prácticamente no había día que no lo escuchara.
De ese disco primero oí “El muerto Nabor”, en una cinta que algún amigo de mi tío le obsequió y que él, a su vez, me regaló. Era una cinta con canciones de varios grupos, todos de rock urbano, salvo Víctimas del Doctor Cerebro, que según yo nunca fue plenamente rock urbano, aunque tengan dos o tres rolitas del estilo. (Ya habrá tiempo de escribir otra entrada acerca de esa cinta...)
Posteriormente pude grabar del radio, igual en una cinta, la primera versión de la canción “El esqueleto”, que en segunda versión fue el primer gran éxito comercial de la banda. Esa cinta se perdió...
Pero volviendo a Víctimas del Doctor Cerebro Tecnopal, ayer me llené de buenos recuerdos, aunque con un dejo de melancolía.
Fue un disco formativo y definitorio en mi vida. Entre bromas, al escuchar precisamente “El muerto Nabor”, rola que abre el disco, comenté que me gustaba el estilo de Víctimas por que eran “remamones”, no en el sentido de engreídos o pesados, sino de desenfado, de no tomarse las cosas tan en serio, como lo es meter un a-go-gó en medio de la canción. Y bueno, creo que de ellos saqué eso tratar de decir alguna bobada para mejorar el ánimo incluso en los peores momentos.
Las letras eran diferentes a lo que harían después. No tan diferentes como para pensar en que cambiaron de manera radical, porque incluso un par de rolas de este disco las volverían a utilizar, con variantes, para el disco “Brujerías” (me quedo con las primeras versiones, aunque no le hago el feo a las posteriores).
En este disco está contenida la primera canción de “amor” que dediqué a alguna chica: “Caminemos”, cuyo coro dice: “Clávame la estaca en el corazón, crucifícame las veces que quieras”; y bueno a la fecha no veo falla en una declaración amorosa de este tipo.
Durante muchos años Víctimas fue mi banda favorita. Tengo anécdotas que antes consideraba interesantes y hoy siento entrañables. Por ejemplo, el único concierto al que he ido con mi papá fue a uno de Víctimas. Tendría yo 14 años cuando se presentaron en el Teatro de la Ciudad. Creo que fui el primero en comprar los boletos; al menos eso me dijeron en la taquilla. Iba a ir con un tío y mi primo, pero al final me quedaron mal. Era en la noche, y a esa edad aún no me dejaban ir solo, sobre todo porque el concierto iniciaba a las 9 o 10. Así que, supongo que a insistencia de mi mamá, mi padre terminó por acompañarme. Fue muy bueno ir, porque se rifaron con un conciertazo aunque el teatro no se llenó ni a la mitad. Abrió Kenny y los eléctricos, y bueno, los detalles de ese concierto los conocen un par de amigos y así se quedará por el momento.
Ayer también recordé que al poco tiempo de haber ingresado a la preparatoria, en días oscuros y melancólicos por el ánimo que me cargaba, afuera se presentó la “Gira Redilas” de Juguete Rabioso. No se malinterprete, para entonces ya había conocido, por ejemplo, a uno de los pocos amigos que aún conservo y frecuento, eventualmente, de aquella época. Pero todo en la prepa me parecía sin encanto, gris. Incluso ese día, mientras Juguete Rabioso ofrecía su música gratis, fuimos pocos los que hicimos caso. Mis “amigos” se largaron, y la gente escuchaba pero de lejos, como a 10 metros de distancia del camión donde tocaban los músicos. Sobra decir que el breve slam lo armamos tres o cuatro ingenuos que saltábamos alegres y éramos vistos como bichos raros.
Lo anterior tiene que ver con Víctimas porque ese día conocí al Abulón. Luego de que terminó de tocar Juguete Rabioso mi ánimo apesadumbrado volvió. Simplemente estaba en un lugar que no quería estar, sin saber dónde sí quería estar (y esta sensación a la fecha me es habitual). Así que emprendí el regreso a casa, y justo en la esquina de Corina y Xicoténcatl vi a una chica guapa con un tipo de cabello anaranjado. De inmediato lo reconocí. Dudé unos segundos, o más bien el tiempo que les llevó caminar una cuadra, y al final decidí alcanzarlos. Platicamos un rato, me dio un autógrafo, conocí a su novia (Raquel, supuse entonces que era la de la rola de Nabor); realmente se mostró sorprendido de que conociera Tecnopal y yo me quedé con la imagen de un tipo buena onda que nada tenía que ver con los músicos engreídos y sin gran talento que abundan en este país. Ese autógrafo aún está en casa de mis papás.
Todo esto recordé ayer, feliz y triste. Feliz por los buenos recuerdos, triste porque hoy hay cosas muy diferentes que me hubiera gustado que permanecieran. Creo que de todo lo que recordé lo que más me metió en esta contradicción de ánimo fue recordar que alguna vez mi mamá habló con la mamá de la familia Flores. El LP traía en el reverso un teléfono de contacto que era en realidad el de su casa (me sorprende que quizás ni ellos pensaron en lo que el futuro cercano les tenía preparado). Esto lo supe porque un día, por mera curiosidad, llamé y, luego de que contestaron, pregunté a dónde llamaba: “A casa de la familia Flores”, respondieron y casi me desmayo. Por supuesto, colgué.
No recuerdo cómo fue que le platiqué lo que había pasado a mi mamá; no recuerdo si le conté, si me preguntó, si fue ese mismo día o después; no recuerdo esos datos, ¡caray! Y bueno, un día al regresar de la escuela (esto fue antes de conocer al Abulón, en secundaria) mi mamá me comentó: “Hoy hablé con la mamá de las Víctimas del Doctor Cerebro”. No podía creerlo y por supuesto le hice mil preguntas porque no me la creía, o pensaba que a lo mejor le habían jugado una broma. Pero al final le creí. No voy a reproducir la conversación completa, esa vive eterna en ese tiempo y, parcialmente, en mi mente también. Sólo comparto el dato de que mi mamá me dijo que a la señora Flores le gustaba mucho “Los ojos de los niños de Bagdad” y que quedaron que un día alguno de Víctimas me iba a llamar. Por supuesto, aunque lo escuchaba todos los días y en ocasiones ella estaba ahí, mi mamá no tenía mucha idea de las rolas del disco, así que entre otras cosas, ese dato me sirvió para dejar de preguntar.
Esa era la clase de mamá que tenía. No sé si cualquier mamá tendría ese gesto, si alguna que otra lo juzgaría mal. No me importa un carajo otra opinión. Únicamente me importa que para mí fue un detalle como los muchos lindos que tuvo siempre conmigo. Y probablemente la ausencia de esos detalles sea lo que más tristeza me provocó recordar tanto ayer. Tonto de mí, porque seguramente desde donde esté los seguirá teniendo y los seguiré recibiendo aun sin saber de forma tan evidente que son de ella...
En fin, que mejor sigo oyendo el disco para distraer a las lágrimas...
Por cierto, semanas más tarde de que mi mamá hablara con la señora Flores, encontramos en la contestadora un mensaje muy extraño, con ruidos, voces y risas, muy al estilo de lo que solían hacer las Víctimas...
martes, 26 de enero de 2016
Again
Mucho tiempo ha pasado desde la última vez que escribí algo aquí. También ha pasado mucho más tiempo desde la última vez que escribí algo (un cuento, un poema, una idea) por iniciativa propia, por el mero gusto de hacerlo; algo que no tenga absolutamente nada que ver con el trabajo, donde seguido escribo, algunas veces cosas que me gustan, y mucho menos veces, cosas en las que creo.
La depresión o el mal ánimo o el desánimo (para ser más preciso) que me acompaña de no sé cuándo para acá (años, muchos años) no se larga. Tampoco hago mucho; digamos que ha ganado por perseverancia, esa que a mí me falta.
Ayer estaba insoportable. Yo ayer estaba insoportable para mí mismo.
Escribo tan poco que siento dolor en los dedos al teclear apenas dos líneas. Mal, muy mal por mí.
Leo. No, tampoco demasiado. Pero hoy leí algo que me gustó. Antes, una hora antes, encontré una imagen que me recordó una promesa. Y si hay una cosa, probablemente la única, que me salva es que cumplo mis promesas, así sea mucho tiempo después, siempre quedo a mano. Quizá por eso no prometo nada casi nunca, pero no viene a cuento.
Decía que hoy vi una imagen, y la imagen me anudó la garganta y me mandó a escribir esto. No es casualidad, no creo en ellas (como he afirmado tantas veces en este espacio). Ayer pensaba en mi desánimo actual. Ayer pensaba en escribir una carta a alguien para contarle mi estado. Ayer pensaba en lo vano que sería eso y recordé este blog.
Ayer también leí algunas cosas de mi amigo R y me caló la idea de que uno se vuelve escritor cuando tiene alguien que lo lea. En ese sentido y estirando a conveniencia su idea, yo he tenido gente que ha dedicado valiosos minutos de sus preciosísimas vidas a leer lo que he puesto acá. La frase anterior carece de ironía, de verdad pienso que queda vida es preciosa y que el tiempo, al ser un recurso no renovable, es lo más valioso que podemos encontrar en la vida.
Pero siguiendo la idea, he tenido lectores. He sido escritor y he dejado de serlo; lo he sido con cuentagotas y a conveniencia; siempre tan laxo, tan condescendiente conmigo. Y muy probablemente lo siga siendo, porque la promesa que pienso cumplir no va por ahí ni tiene que ver mucho con este blog, aunque se me ocurre que puedo usarlo como una buena herramienta para compartir, para no dejar nomás conmigo las cosas.
Por eso es que hoy comparto un fragmento del texto que ha iluminado mi mañana, lo poco que este oscuro ánimo permite. Ya recuperaremos terreno, y lo perderemos de nuevo seguramente (porque así se va la vida).
Camus, como siempre, contesta en buenos momentos algunas preguntas que me afligen:
"La historia no explica ni el universo natural que había antes de ella ni la belleza que está por encima de ella. Ha elegido ignorarlos. Mientras que Platón lo contenía todo —el sinsentido, la razón y el mito—, nuestros filósofos no contienen más que el sinsentido o la razón, porque han cerrado los ojos al resto."
"«Odio mi época», escribía antes de su muerte Saint-Exupéry, por razones que no están demasiado alejadas de las que he expuesto. Pero, por perturbador que sea ese grito viniendo precisamente de alguien como él —que amó a los hombres por lo que tienen de admirable—, no vamos a apropiárnoslo. Y, sin embargo, ¡qué tentador puede resultarnos, en ciertos momentos, darle la espalda a este mundo sombrío y descarnado! Pero esta época es la nuestra, y no podemos vivir odiándonos."
Esto es del ensayo "El exilio de Helena", del libro El verano. La versión la copié de un libro electrónico, aparentemente hecho con la edición de Alianza Editorial.
viernes, 10 de abril de 2015
Dietario
En las últimas semanas he dedicado mis horas de lectura a un
libro acerca de la nostalgia. Ahí habitan historias y datos sobre el pasado
comunista de una parte de Europa, y en ocasiones he podido escuchar el trino
del lugano o palpar la atmósfera opaca de esos ambientes que añoraban la
libertad idealizada de Occidente. Me ha llevado semanas, más por los
imponderables que siempre se presentan en la vida y que me han llevado a partir
mi tiempo, nuevamente, entre el trabajo, el hospital y la vida doméstica.
Hoy, ya con algunas cosas en mejor estado (que no resueltas
del todo), he podido darme un poco de tiempo y éste se me ha ido en recordar
lugares y gente que hace tiempo no veo, ni habito, ni me entero de qué les va
la vida. Igualmente he recordado a quienes permanecen, a pesar del tiempo.
Me ha sorprendido y alegrado que hoy puedo recordar sin
añorar, hacer ejercicio de memoria sin que la nostalgia se haga presente. O
mejor dicho, sabiendo que la nostalgia, cuando llega, me dirige a otros hechos
que no han sucedido todavía, pero no ya a esos que no sucederán jamás o que se
quedaron existiendo en ese espacio que es la eternidad de cada instante.
Sigo aquí simple y llanamente, tratando de reclamar el
mínimo espacio y el ínfimo tiempo que me corresponden en la historia del mundo,
sin grandes aspavientos.
Leningrado/San Petersburgo
martes, 7 de octubre de 2014
Mi historia tras el humo que se pierde
La primera vez que sentí el sabor del humo del cigarro
tendría 5 años de edad. Por aquel tiempo vivía en casa de mis abuelos maternos,
donde también vivían mi prima, 10 años mayor, y sus madre. No recuerdo si yo
quería hacer todo lo que hacía mi prima, pero sí recuerdo que era una especie
de hermana mayor, que solía incluirme en algunas de sus actividades, como
cuando un galán que le no le interesaba la invitaba a salir.
Entre todos ellos, que tampoco eran muchos, estaba Charly,
un gordito que a mí me caía a toda madre pero que nunca tuvo oportunidad con mi
prima. Sin embargo, fue con él con quien ella quiso aprender a fumar.
"No le digas nada mi mamá, enano", fue la frase
clave que me indicó que lo que estaba haciendo mi prima era un secreto, algo
que seguramente podría llevarla a se castigada. No recuerdo si yo solía querer
hacer lo mismo que mi prima, supongo que no, pero en cambio tengo clarísimo que
mi respuesta fue: "Sale, pero también quiero fumar". De ese día en
adelante, cada vez que salíamos con Charly mi prima fumaba un par de
cigarrillos y yo le daba unas probadas. Obviamente no inhalaba el humo,
únicamente lo contenía en la boca, disfrutando el sabor...
Tres o cuatro años más tarde, cuando vivíamos en Aguascalientes,
algunos días de unas vacaciones de verano mi madre me llevó a la incubadora
avícola donde trabajaba una de sus alumnas de inglés. Ella tenía una hermana o
sobrina más grande que yo por unos años. Yo era un niño aún y ella entraba en
la pubertad. Entre juegos y pláticas lejos de la gente, un día los dos nos
confesamos haber "fumado". Y ahí, en algo que ahora descubro como una
especie de escarceo romántico, decidimos volver a fumar. La diferencia, en esa
ocasión, fueron algunos intentos accidentales por inhalar el humo.
Luego de eso, nada, e incluso llegué a odiar que algunos
familiares fumaran. Recuerdo en particular, del lado de la familia de mi padre,
negarme a llevar una cajetilla de la tienda a alguno de mis tíos o a mi abuelo.
Recuerdo también haber pensado que era una bobada gastar cantidades ingentes de
dinero en un vicio sin chiste.
Y así fue hasta el momento de ingresar a la preparatoria.
Ahí sí comencé a fumar. Recuerdo que al principio, con uno de mis mejores
amigos hasta el día hoy, compraba cigarrillos que tampoco aspirábamos, hasta
que un día decidimos fumar de verdad. Y así se nos fueron muchas horas.
Después vendría la primera borrachera, también con ese buen
amigo. Y así pasamos también largas horas. Creo que durante un par de años mis
actividades de interés se redujeron a tocar la guitarra, beber y fumar. Y vaya
que las dos últimas las disfrutaba como nunca antes había disfrutado algo.
Hasta hoy no sé explicar si lo que me gustaba del tabaco era
la sensación de estar anestesiado, o el mareo luego de fumar un cigarro tras
otro, o el sabor conocido en la infancia que tanto me había agradado, o buscar
algo que formara parte de mi supuesta personalidad, o qué demonios... Tampoco
sé explicar si era desinhibición, la sensación de mareo o cierta facilidad para
hacer amigos lo que me agradaba del alcohol... Lo único cierto es que durante
años gasté una cantidad ingente de dinero en un vicio que hoy me parece vacío y
sin chiste.
Pero entonces no era así. Cada cantidad de dinero que conseguí
se desvanecía en forma de cajetillas. Benson, Dunhill, Gratos y Viceroy eran
mis marcas predilectas. Puedo asegurar sin temor a equivocarme que probé cerca
de 100% de la oferta de cigarrillos que se produjeron en México entre 1996 y
2003. Y de toda esa oferta, mis favoritos entre todos eran los Viceroy rojos de
cajetilla suave, más largos que los de cajetilla dura y con un sabor muy
particular que no volví a percibir en ninguna otra marca: no era el sabor
fuerte a quemado, sino que dejaba un ligero toque como de hierba, como de
tabaco más fresco. A esa marca le dejé sin pena ni gloria más de la mitad del
dinero que me daban mis padres y el que ganaba en trabajos eventuales.
La etapa de mayor consumo fue entre 1998 y 2001. Entre esos
años mi consumo regular era de una cajetilla diaria. Y hubo temporadas de meses
en que alcanzaba a fumar dos paquetes al día. Era joven, no tenía idea qué
hacer con mi vida, tenía mucho tiempo libre y me sentía muy pinche bohemio.
Además, ingresé a una escuela de "escritores" donde no sólo se
permitía fumar en el salón de clases, sino que incluso te proporcionaban los
ceniceros. Vaya pretensión la de los intelectuales de este país, pienso ahora.
Pero en ese entonces lo disfrutaba. No tanto las clases, porque era muy
estúpido como para darme cuenta que era parte de mi futuro lo que estaba en
juego, pero vamos, tampoco me arrepiento demasiado; no, lo que disfrutaba era
esa supuesta libertad de poder fumar, de hacer eso tan de mí que era quemar
cigarrillos sin parar, en cualquier momento y en cualquier lugar. Y es que
eventualmente hasta mis padres aceptaron mi vicio...
Fumaba al despertar, luego de comer, al salir a la calle,
antes de conciliar el sueño, entre clases, al salir del metro, mientras estaba
con la novia (conseguí una par que adoraban que fumara, no sé por qué), con
cerveza, con café... y sobre todo cuando necesitaba concentrarme en algo.
Un día sin más decidí dejar de hacerlo. Entre 2002 y 2003.
Recuerdo el malestar del primer intento. La sensación de cansancio. La falta de
algo al salir a la calle o antes de dormir, algo para calmarme antes de algún
examen en la universidad o previo a una actividad que me pusiera nervioso, algo
para concentrarme al estudiar o al escribir. Esos eran los momentos en que
realmente necesitaba de un cigarrillo. Y sin embargo lo dejé; tres meses, por
lo menos, yo diría que seis (siempre me prometí llevar el conteo y nunca lo
hice).
Después volví a fumar. Nunca con tanta intensidad, y en los
años siguientes el consumo llegó a espaciarse por periodos de meses. Eso sí, en
fiestas o bares, invariablemente, tenía que fumar. Eso no me lo quitaba. Y
únicamente recaí en ciertos momentos de crisis emocional, nada más.
Hace un año asistí al concierto que Duncan Dhu dio en la
ciudad de México. Fui con mi novia y dos grandes amigos. Estaba emocionado, me
sentía de alguna forma feliz... Aunque adentro había un desastre natural de
sentimientos: la sensación de no haber hecho nada de mi vida, la molestia por
sentirme estancado en todos los apartados de mi vida, la tristeza profunda por
la enfermedad incurable y progresiva que recientemente le habían diagnosticado
a mi perro. Y sin embargo, durante casi dos horas de concierto en que no
exorcicé ninguno de esos sentimientos, algo cambió y se me hicieron más llevaderos.
Cuando regresé a casa, entrada la noche, en ese departamento
al límite de la ciudad, en un cerro que ya no habito, simplemente quise subir
por mi perro y llevarlo a caminar un poco. Comenzaba a lloviznar. De camino
compré un cigarrillo: un marlboro o un camel (las marcas más vendidas, nunca
mis favoritas). Prendí un cigarrillo y aspiré a profundidad mientras miraba el
cielo seminublado, húmedo y teñido por la luna. Fumé, aspiré tan profundamente
como pude una y otra vez. Aspiré también mi tristeza, mi miedo ante la
incertidumbre que parece siempre rodear mi vida, y decidí que al menos una
certeza podría darme: no volver a probar un cigarrillo nunca más.
No recuerdo otra cosa. No recuerdo qué más pensé ni cómo
apagué el cigarrillo. Recuerdo apenas lo que dije; y haber llorado.
martes, 25 de marzo de 2014
A manera de explicación a mí mismo (-quizá- parte 1 de varias)
Hoy he leído algunos blogs que solía revisar cotidianamente
apenas hace un año. Visité también algunos otros que jamás me interesaron
demasiado, pero que solía mirar pues hablan de literatura y eso, nomás por el
tema, ya me parece algo bueno (aunque luego no lo es). Las cosas no van muy
distintas de como estaban entonces, cuando escribí la entrada anterior de este
blog, hace varios meses. Me quedó un mal sabor de boca y las ganas de alejarme
por completo de todo lo que tenga que ver con el mundo literario y académico
(que para mí son siameses).
Me pregunté entonces por mí: ¿Por qué ese deseo? ¿Por qué
pocas cosas me llenan el ojo? ¿Por qué el rechazo? Pensé que quizá se debía a
una suerte de frustración: por no escribir como quisiera (me refiero al tiempo
que le dedico y a la calidad), o por seguir sin titularme a estas alturas del
juego, o por no pertenecer a ningún grupúsculo, o porque incluso algunos pocos
amigos que tienen interés en escribir ahora no son tan cercanos como antes (por
alejamiento mutuo, me parecería justo decir).
Y sin embargo, creo que no se trata de eso. Escribo cuando
tengo tiempo y ganas, porque muchas veces he intentado forzarme y nomás se me
sale el buen humor para dejar bien instaladita a la frustración o el mal ánimo.
No me he titulado porque tampoco me interesa demasiado decir algo más allá de
mis pequeñas historias. No pertenezco a ningún grupúsculo porque en general me
caga la gente y le cago a la gente, además de que no tengo tiempo para
practicar la diplomacia (o hipocresía, según el grado de honestidad que cada
quien tenga puede elegir). Y bueno, no sólo me he alejado y se han alejado mis
amigos escritores, sino mis amigos en general, y cuento con muy pocos.
No soporto a la gente que habla a las espaldas de otros y es
incapaz de decir lo mismo de frente (ahí se fue uno). No soporto a quienes
padecen amnesia conveniente (ahí va otro). No soporto a quienes viven del
pasado sin más y no se preocupan por generar nuevos recuerdos felices (ahí se
fueron como cinco). Tampoco soporto a quienes no pueden ser ellos sin una gota
de alcohol en la sangre (adiós a muchos más, incluso varios a los que ni
siquiera alcancé a saludar).
En este momento del juego, carezco de todo interés en
suponer que mi voluntad y mi interés deben primar por encima de los de los
demás. Por eso sé que este texto es más bien como una especie de carta leída al
espejo. Pocos se interesarán en lo que digo, como yo me intereso poco por lo
que dicen algunos más. La razón: no me interesa leer nada que carezca de humildad
y de vida, aunque sea el ejercicio de retórica más bello y completo que haya
sido escrito. Y ahí radica la principal razón de mi falta de interés por el
mundo literario y el mundo académico. No es privativo, en general en todos
lados domina la dinámica del “posicionamiento” y la pretensión. Sé es más no
según el conocimiento asimilado, sino según las lecturas que puedas presumir.
Creo que el conocimiento no viene de los libros, al menos no
todo. Sin duda yo no sería el mismo sin las lecciones recibidas de Auster,
Bernhard, Huerta, Vonnegut, Murakami, Pacheco, Gil de Biedma, Parra, Leopardi y
muchos más (los nombres fueron dichos al azar)... En los libros de muchos
escritores hay algo que todo mundo puede tomar para su propia vida. Y sin
embargo, seguiré prefiriendo pasar dos horas de mi vida con mi novia, con algún
amigo, con mi perro, con algún desconocido, ahí en las diversas circunstancias
de donde según yo brota el único sentido de la vida, que leyendo o releyendo o mirando
o reseñando. (Curiosamente son los textos que eso retratan los únicos que me
interesan.)
A veces cuando voy por la calle me imagino de qué irán las
vidas de las demás personas: por qué esa chica mira con languidez y tristeza,
siendo tan bella; por qué ese señor lucirá tan de malas; por qué aquella otra
señora se muestra tan petulante... A veces m pregunto si al mirarme alguno de
ellos puede adivinar de qué va mi vida, así como yo hago suposiciones de ellos.
Por lo general ni yo mismo sé de qué va mi vida. Ya no soy
aficionado al alcohol y a la nicotina, pero aún hay días en que no tengo más
deseo que llegar a casa y beber una cerveza con clamato. No me siento frustrado
ni mi mayor aliciente es estar en casa mirando el televisor, y sin embargo hay
días en que hago hasta lo imposible por llegar a ver la continuación de una
historia (llámese serie o llámese siguiente jornada de futbol). Tengo pocos
amigos, con los que puedo platicar, reír, comer, escuchar, e incluso, aunque ya
casi no, hacer planes a futuro (y agradezco a Dios o a la energía universal o a
la puta vida, que la estafeta del “amigo que me insiste en que escriba” siga de
mano en mano y hoy se encuentre en la mano de R., que ojalá siempre me insista en
su forma sincera y a modo de invitación, respetuoso a veces al grado de la
asepsia cuando en ocasiones también se requiere algo un poco virulento).
Creo que tampoco soy autocomplaciente, no tanto como antes,
gracias al temor que me provoca perder la vida en la nada. En fin que, como
todo monólogo interno sin intención dramática, esto no se dirige a ninguna
parte. Quizá, si acaso, puedo sacar en conclusión que no me ha ido tan mal en
eso de vivir y dejar que los demás vivan, o mueran, según su gusto y afición.
La gente que quiera estar cerca puede estarlo, no pienso juzgar, si algo no me
parece y hay confianza, lo diré, si no, me alejaré. Y ya ni siquiera pido lo
mismo. Y de igual forma, puedo dar mi amistad a quien no se preocupe por
demostrar que es más que nadie, sino simplemente un ser humano que ha coincidido
en este espacio y este tiempo conmigo y mucha gente más...
sábado, 25 de mayo de 2013
Acerca de la Champions
Dentro de unas horas se jugará el encuentro que definirá un campeón alemán para la Champions League 2012-2013. Recuerdo que cuando recién iniciaba el torneo, además de la participación de Manchester United, me generaba expectativa aquello que pudieran lograr dos clubes más: Paris Saint Germain y Borussia Dortmund. Por ambos equipos guardo cierta simpatía y, desde mi punto de vista, para ambos clubes la Champions resultaba una prioridad, quizá por encima de su respectivo torneo local.
En el caso del Borussia resultaba más evidente. Durante el año anterior habían conseguido el bicampeonato de liga y la copa alemana. Con el paso de las semanas y los meses, el equipo de Dortmund fue afianzando su juego en el campeonato continental, mientras que, luego de un rezago importante al inicio de la Bundesliga, si bien recuperó terreno le fue imposible alcanzar a un Bayern Múnich que completaría una de las mejores participaciones en la historia de los torneos alemanes.
Por su parte, el equipo bávaro se consagró como una especie de máquina en la que cada una de sus piezas funciona a la perfección. Un equipo que sin más ha demostrado lo que es saber jugar al futbol: los jugadores saltan a la cancha, hacen su trabajo y como si fuera algo muy sencillo suman victoria tras victoria, apenas unos empates, una sola derrota en la liga. Y no obstante el éxito, hace unos meses además se anunció el arribo de Guardiola como nuevo director técnico, a partir del próximo torneo, lo que ha generado una expectativa quizá desmesurada.
El futbol alemán nada tiene que demostrar, aunque quizá es menos conocido a nivel mundial que el español, el inglés o el italiano. Y probablemente el club de mayor proyección sea precisamente el Bayern Múnich, con su hegemonía en la Bundesliga y su constante dotación de jugadores a la selección alemana. Pero del otro lado estará un equipo que le ha sabido hacer frente, sobre todo en los últimos años. Un equipo que le cuesta trabajo al Bayern y que en las dos temporadas anteriores reclamó su derecho de suelo, alentado por la que en mi opinión es una de las aficiones con mayor personalidad de Europa.
Los resultados de las semifinales pueden ser engañosos. El Bayern pasó por encima de un Barcelona a la deriva y casi en decadencia, con su figura lesionada, sin ímpetu y con sus líderes cansados. El abultado marcador fue más bien lógico. Por su parte Borussia se enfrentó a un Madrid con desesperación por ganar y con un Cristiano Ronaldo que cada temporada parece estar en su mejor momento. Un resultado cerrado, pero no por eso una victoria menos contundente por parte del equipo alemán.
Lo que creo que veremos en unas horas me llena de entusiasmo. Si gana el Borussia Dortmund será la culminación de un proyecto bien planteado, que demuestra que en los deportes la paciencia y la estrategia son primordiales para alcanzar cualquier objetivo, lo que además de seguir impulsando al propio club podrá constituirlo en un modelo a seguir para cualquier institución, de cualquier país, que aspire a ser protagonista en este deporte.
Por otra parte, el Bayern tiene la oportunidad de seguir avanzando en la concreción de un año casi perfecto. Ya tiene la Bundesliga y en cosa de dos semanas tiene la oportunidad de conseguir además el campeonato continental y la copa de su país. Logrando esto, la expectativa por lo que pueda conseguir en adelante, con su nuevo estratega, puede apuntar una exigencia que en el mejor de los casos conduciría a una era de ensueño para el equipo de Baviera.
Sea como sea y suceda lo que suceda, los más beneficiados podremos ser quienes tenemos afición por el futbol. Por lo pronto, estoy seguro de que en el encuentro que sucederá dentro de unas horas habrá emociones y cada escuadra saldrá a defender sus ideales, su estilo, su personalidad. Venga pues, y no dejemos de mirar el juego entre los dos mejores equipos de Alemania y de Europa hoy día.
lunes, 6 de mayo de 2013
...
Mi ídolo aparece en un periódico hablando de cosas que a
casi nadie le importan. Sale en una foto quizá poco afortunada, o poco editada,
o poco planeada. Detrás del armazón de pasta se adivina el inicio de
estrabismo, o quizá un defecto producto de las horas de lectura: horas que
suman días, meses, quizá años. Tal vez sólo pasó una mala noche. Por lo demás viste
una camisa sin corbata, una chamarra de cuero, nada de última moda. Tiene el
ceño fruncido, como todos los que nos hacemos preguntas. Difiere de la gente que
copta portadas y pasarelas. No es millonario ni lo persiguen multitudes. Es novelista
y escribe de puta madre. Eso es todo. Nada más...
lunes, 29 de abril de 2013
Finlandia
Finlandia era un país que no me interesaba demasiado conocer hasta hace unos días. Primero leí una nota acerca de los retos que ha asumido el gobierno de aquel país en cuanto a la educación de las nuevas generaciones. Después revisé algunos datos sobre la liga de futbol. Luego vi un capítulo de una de mis series favoritas donde uno de los personajes estudia finés. Al día siguiente un amigo hizo un comentario, quizá casual, acerca de Finlandia, y por la tarde encontré un cuento que habla sobre ese país, aunque es obra de un escritor noruego.
Si miro fotos de Finlandia en internet en casi todas hay paisajes nevados, diferentes formas del blanco y de la desolación. Me recuerdan a algunas de las imágenes que me han hecho añorar Hokkaido en invierno: un lugar que no conozco y en el cual quisiera habitar al menos durante un par de jornadas. En ambos casos fácilmente me imagino llegando a una casa solitaria luego de caminar durante horas; la luz es baja y sacudo la nieve que no he tocado de mis botas, pongo al fuego alguna bebida que endulzaré con licor, me recuesto; pienso que las horas se miden de forma diferente en ciertos lugares.
Por estos días he vuelto a soñar con gente de mi pasado y con gente que hubiera querido pero no pude conocer. Y hoy desperté con esa idea japonesa del hilo rojo del destino rondando mi cabeza; esa idea según la cual un hilo rojo irrompible e invisible conecta a las personas destinadas a encontrarse sin importar tiempo, lugar o circunstancias. Tal vez un hilo así me une con ciertos lugares que extraño sin conocer. Tal vez es únicamente que el temperamento melancólico me invade de nuevo. O quizás es sólo mi cerebro jugándome la mala pasada de perderme en situaciones oníricas en lugar de fijarme en el día y la gente y los espacios y las circunstancias que tengo delante.
Por el momento pienso que no. Escribo y después de esto dejaré de pensar en Finlandia. En unos meses espero cancelar todas mis deudas y de nuevo podré poner sobre el escritorio donde dibujaba mi futuro las posibilidades de viaje que yacen en el cajón. Hokkaido, Finlandia, el lugar que sea. De cualquier manera tendrán que esperar un trayecto previo y adeudado a mí mismo, y de cualquier manera tendrán cabida en ese sendero donde selectivamente coloco los anhelos que sin falta habré de cubrir.
jueves, 21 de marzo de 2013
Hoy he recordado que a esta hora en un día como este hace seis años estaría saliendo de la sesión con mi psicoterapeuta y encaminándome hacía esa tortería que he frecuentado desde que tenía tres o cuatro años de edad, donde pensaría silencioso en el curso de mi insípida vida, en contraste y con el apoyo de la degustación de una torta cubana y un agua de limón con chía.
No añoro esos tiempos, pero daría casi lo que fuera por la oportunidad de salir en este momento del trabajo para ir a ese lugar y comer ya sin preocupaciones.
En la imagen, para quien se interese, no soy yo, sino Bradley Cooper en Silver Linings Playbook, una película que vi hace un par de semanas y cuyo personaje me recordó varias cosas de mí en aquella época...
viernes, 15 de marzo de 2013
El Pequeño Avión
Recuerdo que sería hace poco más de diez años cuando solía faltar a la escuela para quedarme en casa a ver algún partido de futbol, específicamente de la Champions League. De igual manera, lo único que podía sacarme de la cama antes de las 11 de la mañana en sábado o domingo era la expectativa por un encuentro del Manchester United o el AS Roma.
De entonces a la fecha muchas cosas han cambiado en el deporte y en mi vida personal. Pero de unos meses a la fecha he podido mirar los juegos de la Fiorentina los domingos por la mañana, atraído por saber que su director técnico es un ex jugador que consiguió realizar muchas acciones que me dieron un poco de eso llamado felicidad: Vincenzo Montella.
En mi memoria quedó grabado sobre todo ese equipo de Roma dirigido por Fabio Capello y entre cuyos jugadores se encontraban, por mencionar los que recuerdo a primer intento: Totti, Cassano, Panucci, Delvecchio y De Rossi, además de Montella.
El juego de Montella me parecía impresionante por eso que entre futbolistas se conoce como “jerarquía”, y que a mi entender caracteriza a los jugadores que se esfuerzan en todo momento, que saben cómo definir una jugada (a gran velocidad o pausadamente), que tienen empuje. Y el caso de Montella además había un muy buen y fino toque de balón, que es lo que más aprecio.
Por alguna razón que desconozco no era de los favoritos para figurar en la selección de su país. Si miramos sus números con la camiseta de Italia notaremos que no fue algo impresionante:únicamente cinco encuentros. Y justo uno de ellos fue contra el equipo de mi país, en la Copa Mundial de 2002.
Aún recuerdo que una de mis expectativas principales durante aquel Mundial era ver el momento en que Montella ingresar en alguno de los juegos que disputara Italia, y que marcara un gol, cosa, esta última, que no ocurrió. Sin embargo, no pasé el mundial sin verlo unos momentos. Recuerdo que Montella ingresó de cambio en el segundo tiempo, cuando de forma sorpresiva México iba ganando el juego. Apenas a unos minutos del final, con esa facilidad de toque que poseía, Montella sirvió un centro para que Del Piero anotara el empate, ese gol que le quitó a México la gloria de vencer a una selección grande en un Mundial, ese gol que entristeció a algunos amigos y a mi novia de aquel entonces, pero que a mí me ganó una sonrisa que perduró algunos días y que no borraron los reclamos y bromas acusándome de “traidor”.
Quizá fue algo tonto o mediocre, primero alegrarme por alguien a quien no conozco, y segundo alegrarme por un pase para gol y no por un gol. Pero allí se teje parte de la maravilla del deporte: en alegrarnos por la gente que nos brinda alegría. Hace unos meses mi novia actual, que no gusta del futbol, me dijo que nunca imaginó el poder catártico que podía tener un gol. Y es eso, por un momento no hay nada más que esa magia de haber librado los obstáculos hasta que el balón toca el fondo de la red del oponente.
Pero me he desviado. Acaso un desvío que muestra la emoción que me provoca este deporte que hace tanto dejé de jugar, una emoción que se acrecienta y se afirma con jugadores como Montella, cuyo festejo era otro signo de lo que para mi representa el futbol, porque a final de cuentas es cuando somos niños que adquirimos el amor hacia ese deporte, y Montella festejeba cada gol como lo haría un niño: imitando el vuelo de un avión, por lo que se ganó el mote de Pequeño Avión.
Hoy Montella es un técnico joven –algunos de sus compañeros siguen en activo– que en apenas unos años ha demostrado que tiene cualidades para forjar una buena historia, ahora desde la parte estratégica, desde la guía a los jugadores. La Fiorentina que dirige tiene empuje y personalidad. Entre sus jugadores se hallan muchos con talento, algunos que no han tenido mucha fortuna en sus equipos anteriores, como Alberto Aquilani y Borja Valero, pero que sin duda alguna responden a lo que les pide Vincenzo. Y acaso esa conexión con los jugadores, que nunca deja de notarse en equipos que brindan espectáculo, como es la Fiore de Montella, es lo que los tiene en el cuarto lugar de la Serie A.
Fue principalmente por Cassano y por Montella que comencé a seguir al AS Roma. Y ahora Montella me ha hecho de cierta manera seguidor de Fiorentina. No soy de esos que cambia de equipo según el campeonato. Pero acaso habré de considerar la posibilidad de que si he de seguir un equipo en Italia sea siempre aquel en el que Montella participe de algún modo.
Comparto aquí dos videos. El primero es del encuentro mencionado entre México e Italia. El segundo es el último de una serie de cuatro dedicados a recopilar los 141 goles que el Pequeño Avión anotó durante su carrera en la Serie A.
martes, 29 de enero de 2013
El horóscopo que llega a diario a mi correo pronosticó que hoy sería un buen día, alegre. Me imagino que al decir alegre uno podría imaginar varias opciones. Yo recuerdo un día calido, con sol no quemante, un edificio de una planta con un gran patio y paredes de color verde. Alguna vez, de niño, estuve ahí. Ya no más. Ayer tuve ganas de leer, de retomar la lectura de Daytripper, aquella novela gráfica que dejé un día porque sentí que me rompían el corazón. Romper el corazón. Vaya, no sé si sea eso. Yo, en lo personal, siento las cosas más bien en todo el cuerpo. Y mucho en la cabeza. Pienso demasiado. Y pensando anoche, recordé que dejar esa novela no fue lo primero que dejé, alguna vez, a razón de algún momento difícil en mis relaciones interpersonales. Digo interpersonales porque no todo se trata del amor de pareja. Y así vinieron a mi mente otras cosas, como las clases de aikido, como el estudio de otra carrera, como algunas tardes a solas, la música estridente como una mera catarsis inmediata, como el gusto ahora ya recuperado por el futbol, entre otras más. Y pensé que debería de recuperar algunas de esas cosas. Las esenciales. Y sobre todo las que estoy en condiciones de recuperar. O aquellas que pueden volver en una forma distinta. Porque me queda claro que parte de la vida se convierte en recuerdos, y es mejor cuando los nuevos sucesos revisten la felicidad suficiente como para que los recuerdos no se conviertan en añoranzas, como un patio y paredes verdes, a la luz de un sol cálido, que no quema. Anoche recordé igual la canción Day Tripper, y también We can work it out, la otra pieza que acompañó a ese sencillo cuando vio luz pública muchos años antes de que yo naciera. Y aunque para escribir esto escuché piezas más bien melancólicas, me parece mejor dejar a los Beatles.
miércoles, 16 de enero de 2013
Enganche #2
–Sólo ahora descubro en mí algo parecido a una memoria activa –dije–, mientras que antes sólo tenía memoria pasiva. Sin embargo, al utilizar la memoria, no pretendo recordar lo vivido en su totalidad, sino únicamente no dejar marchitarse, como fantasías, las primeras pequeñas esperanzas que sentí entonces. De niños, por ejemplo, siempre enterraba cosas, y tenía la esperanza de que cuando las desenterrase se habrían convertido en un tesoro. Ahora no veo ya en ello un juego infantil como antes, cuando todavía me avergonzaba de hacerlo, y lo recuerdo deliberadamente, para convencerme a mí mismo de que la incapacidad para ver las cosas de otra forma y cambiarlas no es natural en mí, sino sólo estupidez o una indignación puramente exterior. Esto me resulta aún más evidente cuando recuerdo con cuánta frecuencia jugaba a ser mago. No quería tanto hacer algo de la nada o transformar una cosa en otra como transformarme a mí mismo. Hacía girar un anillo o me acurrucaba bajo una manta, y decía que iba a desaparecer. Naturalmente, resultaba ridículo cuando levantaban la manta y yo estaba todavía allí, pero para el recuerdo era más importante el breve instante en que creía verdaderamente no estar ya allí. Y ese sentimiento no lo interpreto ya ahora como un deseo de desparecer del mundo, sino como alegría ante un porvenir en el que ya no sería el que entonces era. Por eso me digo todos los días que soy un día más viejo y que debe notárseme. Me he vuelto verdaderamente ansioso de que pase el tiempo y pueda envejecer.
–Y morir... –dijo Claire.
–En mi muerte no pienso apenas –dije.
Peter Handke, Carta breve para un largo adiós, Alianza, pp. 81-82.
martes, 15 de enero de 2013
Anzuelo #2
Miré a lo lejos, tan lejos como podía, y contemplé una iglesia, todavía oculta por el polvo de una fábrica de algodón; según el plano de la ciudad, debía de ser baptista. «La carta ha tardado mucho –dije–. ¿Se habrá muerto entretanto?» Una vez, en una gran cima rocosa, había buscado a mi madre al caer la tarde. De vez en cuando mi madre se ponía melancólica, y yo pensaba que si no se había arrojado al vacío simplemente se habría dejado caer. Yo estaba de pie sobre la roca y miraba hacia abajo, al pueblo, donde empezaba a anochecer. No vi nada especial, pero unas mujeres que estaban juntas, con los bolsos de la compra en el suelo, como si se hubieran llevado un susto y a las que se unió todavía alguna más, hicieron que volviese a buscar jirones de ropa en los salientes rocosos. No podía abrir la boca porque el aire me hacía daño: el miedo había hecho que todo se hundiera profundamente a mi alrededor. Entonces se encendieron las luces del pueblo y algunos coches comenzaron a circular con los faros encendidos. Allí arriba, en las rocas, reinaba un gran silencio y sólo los grillos seguían cantando. Me sentí cada vez más abatido. Se encendieron también las luces de la gasolinera de la entrada del pueblo. Sin embargo, ¡todavía no era de noche! Las gentes andaban más aprisa por la calle. Mientras daba unos pasos por la cima observé que alguien se movía entre ellas muy despacio y reconocí a mi madre, que en los últimos tiempos lo hacía todo muy lentamente. Tampoco atravesaba las calles por el camino más corto, como antes, sino que las cruzaba en una larga diagonal.
Peter Handke, Carta breve para un largo adiós, Alianza, pp. 17-18.
miércoles, 9 de enero de 2013
Noctámbulo
Hace muchos años, no sé cuántos ni dónde, vi una pintura que de inmediato entró a ser de mis favoritas. La vi. La contemplé durante un tiempo que no recuerdo. Mi espíritu se fue a vagar por las evocaciones provocadas por tal imagen. Y después seguí mi camino. No apunté el nombre porque no había registro. Llegó y yo me fui, y la imagen y sus evocaciones se quedaron aunque apenas lo noté.
Hace unos días un amigo me compartió un cuento de Tobías Wolff, a quien desde hace años pretendía leer, aunque sin mucho empeño. El cuento es una pequeña maravilla y lo pueden leer acá. En ese sitio web aparece ilustrado con aquel cuadro que miré hace muchos años: Nighthawks, de Edward Hopper. Ahora entiendo un poco más la fascinación que me causó. Además de mi vocación de noctámbulo, quizá ahí ya preveía yo el futuro de lo que serían parte de mis intenciones en esta vida: ser un poco ese hombre acompañado por una mujer, ser un poco ese hombre solitario en la esquina de la barra. Curiosamente poco reparé en ese empleado que puede o no imaginar las historias de las demás personas; quizá el más cercano. Es sencillo: uno puede vivir solo o acompañado, y a mí me ha tocado vivir acompañado pero siempre más bien un poco solo.
Y quizás, también, tal vez, ahí mismo está el principio de mi predilección por ciertas historias que me resultan gozosas, como el cuento de Wolff, o como los cuentos de Hemingway y los de Carver, habitados en ocasiones por personas similares a las de este cuadro.
miércoles, 2 de enero de 2013
Final de año, inicio de año
El año pasado no hice gran cosa. Al menos eso fue lo primero que pensé durante el 31 de diciembre, cuando a lo largo del día procuré rememorar el año que se iba. Creo que 2012 debería ser el año que recordaría por haber ido, por fin, a un concierto de Pulp, que además fue uno de los mejores de mi vida. De hecho, 2012 fue bueno en cuanto a conciertos. No recuerdo si fui a más de dos, pero al menos el de Pulp y el de Antony entraron directamente entre los mejores que he vivido. Sí, eso debería recordar, por lo menos, al pensar en el año pasado, pero no ocurrió sino hasta que el recuento del año avanzaba en mi cabeza.
En cambio, lo primero que pensé fue que por alguna razón lo único que tenía cierta forma eran los últimos meses. No me acuerdo si leí algo entre enero y octubre, pero tengo muy en claro que a inicios de noviembre leí un libro de Horacio Castellanos Moya que me hizo pensar en el futuro que aún me rehuye, que me recordó a mí mismo, con mi rechazo hacia el país donde he nacido y todavía subsisto, y hacia su terrible gente. Recuerdo que después leí un luminoso libro de Peter Handke, seguido de la primera novela de Georges Simenon donde aparece Maigret. Por alguna razón pienso que leí cuatro libros, pero al parecer fueron sólo tres. Claro, apenas en la última semana del año leí un libro de cuentos de Juan Pablo Roncone, que me devolvió un poco de algo que siempre está muriendo. También, en los meses anteriores y difuminados, releí parte de algún libro sobre los escritores beat.
Más o menos desde abril, justo desde ese día del concierto del Pulp, puede ser que mi ánimo no haya sido el mejor. El primero de varios intentos de rompimiento en mi relación con Mariana sucedió ese día, y lo demás fue el viejo estira y afloja que cada día más desgasta el hilo que nos une. Seguimos juntos por una razón bien sencilla, que es no querer dejar al otro. Y quizá podamos mejorar o quizá no, pero nos seguimos empeñando, que es más de lo que se puede decir a veces.
Otro hecho que recuerdo fue la tajante explicación de una especie de ex novia, que después de no ver en cinco años sólo atinó a explicarme su versión de por qué no terminamos juntos. Me sigue sorprendiendo la manera tan fácil en que algunas personas son capaces de juzgar la vida de otros y en un dos por tres reducir a una persona a nada. En mi versión de las cosas existe una diferencia entre las palabras y los hechos. Es una versión que me ahorré, porque no me gusta mostrar la gama de colores y sombras a quienes creen que la vida es color de rosa porque jamás han tenido que preocuparse por cosas esenciales, como conseguir algo que comer o un algo que proteja del cielo en un día cualquiera. En fin, no digo más, porque tampoco soy quien para juzgar la vida de otros y en un dos por tres reducirlos a nada. Eso sí, me queda claro, entre las palabras y los hechos hay una distancia que no cualquier persona es capaz de apreciar, y mucho menos reducir: eso llamado coherencia, que desde hace años es uno de mis objetivos, y en lo que creo no he fallado demasiado.
Entre las cosas buenas está que conservo algunos amigos. Cada vez menos. De hecho, se reduce a dos el número de aquellos que frecuento. Sigo, en general, en el mismo lugar y con la misma gente, como le dijo quien alguna vez iba a ser mi director de tesis a uno de esos dos amigos. Y lo que me pasma es que al parecer la vida seguirá igual. Creo que he perdido un poco de fe, después de que día con día la vida ha reducido a cenizas mi esperanza. Eso sí, conozco las cualidades del fénix, pero fuerza no tengo ahora.
Sigo sin conformarme, pero me contento con algunos detalles nimios, acaso hasta aburridos, como mirar una película o una serie en TV; como escuchar a Rogelio hablar de literatura (aunque lo vea cada mes); como cargar al hijo (ahora dos) de Iván (aunque los vea cada tres, cuatro o seis meses); como una de las cuatro tardes al año en que Mariana y yo llegamos a casa a no hacer nada; como caminar con mi perro y hablarle, mientras él centra su interés en el próximo árbol a orinar o en la pelota que guardo en un bolsillo del pantalón; como una taza de café por la mañana acompañada por un sandwich; como las dos o tres páginas que puedo leer a las 11 de la noche, cuando ya no hay cosas que se tengan que hacer y el vigor me alcanza poco menos de 10 minutos, esas páginas que a veces completo entre cabeceos y reticencias contra el sueño; como la voz de mi madre siempre pidiéndome ser feliz, o los gestos no siempre cordiales de mi padre, que se empeña muchas veces en recordarme que la vida es una y nada más.
Y resulta que al pensar en esto me doy cuenta de que tan mal no estoy. Que hay cosas que no he hecho, algunas que quizás no haré, y otras que deben seguir su curso, mismo que hasta el momento no ha sido tan detestable.
Cada inicio de año pienso en cosas que me gustaría que sucedieran y así se me van juntando muchas, demasiadas. Esta vez dediqué cinco minutos a anotar algunas, pocas, que a la vez si las consigo sé que serán muchas más que en años anteriores. Nunca se sabe, quizá mañana escriba desde otro país o aparezca colgado de un puente. Entre tanto sigo respirando y me procuro un motivo para sonreír al menos unos minutos de este día, que ya es de 2013...
martes, 30 de octubre de 2012
Enganche
...me parecía la cosa más cruel e inhumana que habiendo tantos lugares en el planeta a mí me haya tocado nacer en este sitio, nunca pude aceptar que habiendo centenares de países a mí me tocara nacer en el peor de todos, en el más estúpido, en el más criminal...
Horacio Castellanos Moya, El asco, Tusquets, p. 21.
* Con Enganche llevaré registro del momento en que decido leer un libro hasta el final.
Anzuelo
...porque ésa es la primera y principal característica de los pueblos ignorantes, consideran que su miasma es la mejor del mundo, son capaces de matarte si les negás que su miasma, que su mugrosa cerveza diarreica, es la mejor del mundo...
Horacio Castellanos Moya, El asco, Tusquets, p. 16.
* Con Anzuelo llevaré registro del momento en que un texto logra generarme interés para seguir leyendo.
viernes, 26 de octubre de 2012
Desasosiego
Hasta a fecha tengo varias cosas inconclusas. Los motivos: desidia, flojera, crisis anímicas, problemas familiares, depresiones, cambios de rutina, cambios de vida, cambios de espacio, lo que se dice mudanzas, en el espectro más amplio de significados que esta palabra puede tener. Sí, y desde hace unas semanas me rondan los fantasmas, pero la realidad sólida de otras cosas que quedan por hacer y por solucionar, cosas más cercanas y coyunturalmente de mayor importancia, se impone tarde tras tarde. Sin embargo, hoy eché una vista a mi pasado académico, por algo que quiero realizar a corto plazo, y el mensaje fina lo miré con desasosiego.
No sé cuando, yo también espero que sea pronto...
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