domingo, 10 de octubre de 2010

Algunas de las personas más aburridas que he conocido juran que su vida sería ideal para una película

Podría decir que hace unos meses mi vida ha venido cambiando. Podría decirlo, pero a pesar de la verdad sonaría un tanto falso. Parecería que es apenas desde hace unos meses que mi vida viene cambiando. En todo caso sería más correcto decir que desde hace unos meses se me hacen más evidentes los cambios, los pequeños pasos que me van dirigiendo a tal o a cual camino.
No sé si esa forma tan evidente se le presenta a todos, a muchas personas, a algunas, a pocas. Sé que no puede ser que se me presente sólo a mí. Vuelvo a pensar en mi idea de vivir y dejar que otros vivan, que cada quien haga de su vida lo que mejor le parezca, lo que más le convenga, lo que le resulte más fácil, lo que le proporcione mayor contacto con la felicidad.
Yo por mi parte de vez en cuando me permito el uso de lugares comunes, pero la mayor parte de las veces prefiero los caminos difíciles, al menos en cuanto a las relaciones sociales y conmigo mismo; es decir, con todo. Prefiero una verdad dura y certera que una mentira que a final de cuentas no tenga nada de piadosa.
Sin embargo, he perdido la fe en algunas personas que se suponía estarían siempre, cuando es evidente que hace mucho tiempo que dejamos de existir. Por ello me he alejado de algunos amigos, quedando a la espera de algo, cualquier cosa, que vuelva a juntarnos.
Hay otros amigos que siempre están, aunque no se encuentren en el mismo espacio... En estos últimos dos días he estado con uno de ellos. Y las pláticas remueven miedos y deseos, dudas y certidumbres. En estos meses que me he alejado del blog he conocido, reencontrado y leído a diversas personas. He leído quejas, reproches, actitudes altivas, desprecios, inconformidades, vanaglorias... Las menos de las veces he escuchado (o leído) voces honestas, expresiones bellas y sencillas, gente que de una u otra forma puedo llamar amiga, incluso cuando no la conozca.
He constatado aquello que creía en la universidad, contrario a lo que nos vendían en los pasillos: el desarrollo académico no garantiza un verdadero crecimiento, acercarnos a aquello que llamamos sabiduría. ¿De qué sirve un licenciado, maestro o doctor que simplemente va parejo con la corriente?, ¿que no ve con respeto la opinión ajena?, ¿que se conduele por la muerte de gente que no conoce pero no repara en las personas que tiene alrededor?, ¿que se mueve en lo políticamente correcto o lo políticamente incorrecto, según el caso?, ¿que le gusta una vida parecida a la farándula, tan alejado de dos virtudes: sencillez y honestidad, que en lo personal valoro más allá que un sinnúmero de citas escupidas sin control o de adjetivos payasos para describir cualquier cosa?
Vengo a escribir esto porque se trata del mundo en el que de una u otra forma se mueve la gente que estimo y en el que, sé, tarde o temprano, de una forma u otra, volveré a ingresar. Lo escribo porque es simplemente una proyección en pequeño, una breve escena de esa gran película que es el mundo, la vida entera.
Con frecuencia me repito que cada uno de nosotros estamos desde nuestras propias trincheras, y en varias ocasiones lo he dicho a mis amigos. Pero lo que no les digo es un agradecimiento por compartir algunos de los elementos de esas trincheras. En verdad me siento feliz porque cuento con personas (pocas, cierto) que, a pesar de que podemos diferir en mucho, o quizás en poco, coincidimos en algo más profundo, que supongo que es la necesidad de la verdad y de ser honestos, congruentes con nosotros mismos, no disfrazarnos de nada para engañar al ojo ajeno, porque en principio es el ojo propio el que es burlado. No, mis amigos, los de verdad, y no necesito decir nombres ni verlos a diario, son de otra raza.
La ignorancia es una veta inagotable de felicidad; la falsedad y la hipocresía también; el conocimiento sin mayor repercusión que la autocomplacencia, la vanagloria, el regodeo, también lo es. Pero hay que vivir y dejar vivir. Probablemente para las otras personas la vida resulte más llevadera. Hay quienes piensan que su vida es un carnaval sin siquiera darse una vuelta a sus adentros. Algunas de las personas más aburridas que he conocido juran que su vida sería ideal para una película. Y todos existimos y habitamos un espacio común. No los molesto, ni los critico, sólo planto mi postura en otro ámbito por el simple hecho de que me parece mejor para mí.
Escribo esto mientras escucho una rola de Bunbury, tan criticado por algunos amigos. Pero incluso para ellos dejo la canción. No sé si, como en otros casos, la frases vengan de poemas que el no escribió, pero en tanto lo averiguo me quedo con que son de Bunbury y sólo estas frases valen la pena para dedicar unos minutos a escucharlo.
También escribo después de varios meses de silencio. Desde la última visita al blog, más bien a los comentarios del mismo, debo la respuesta a uno de ellos. Debo la respuesta a una persona que me gusta pensar como amiga, que tiene a mal pensar que su nombre no agrega nada a lo que pueda comentar, sin saber que precisamente su nombre ha venido a ser un asidero en algunas ocasiones difíciles, por el simple hecho de que no nos conocemos personalmente y aun así me ha hecho creer que algunas cosas que escribo valen la pena. Para mí importan esas tres letras, pues por supuesto reconozco su nombre e incluso lo que escribe... y para ella, para Eva, escribo también esto, porque, a pesar de expresarlo de modos distintos en espacios tan alejados, circulamos calles que se encuentran.

3 comentarios:

Iván *El Gato Azulgrana. dijo...

La mía daría para un pequeño clip en los cortos.

Juan dijo...

Híjole carnal, Yo agradezco que entre la marejada de emociones que me regresaron a México, en un viaje fugaz, doloroso y degarrador, pudiera compartir mis pasos, un café, un partido, unas comidas y sobre todo, una compañia que dejo soltarme, y que siempre estuvo dispuesta a dar un abrazo, un espacio y sobre todo, la amistad, gracias carnal, gracias

JJ dijo...

Esta entrada la escribí precisamente en esos días, vos sabés que habla de ti, amigo, que te mueves en esos mares académicos, tumultuosos y llenos de desolación.
De nada. También he aprendido a aceptar los agradecimientos, que nunca están de más aunque el tiempo, las pláticas y las vivencias sucedan por convicción y necesidad, y jamás por mero compromiso.
Un abrazo desde acá, a la espera de seguir compartiendo con una taza de café de por medio.
JJ